Cuentos de ciencia ficción El asesino del guante rojo

Cuentos de ciencia ficción El asesino del guante rojo

El aumento de los crímenes en la ciudad, había obligado a las autoridades a aplicar un toque de queda. Eso significaba que los civiles no debían salir de sus casas luego de que el reloj marcara las nueve de la noche.

Particularmente, la gente le temía al asesino serial del “guante rojo”. Los noticieros le dieron ese apodo, dado que sus víctimas tenían sobre el pecho un guante rojo al que le faltaba el dedo meñique.

Por su parte, Jonathan un detective que tenía poco tiempo patrullando las calles, frecuentemente le decía a su compañero que tarde o temprano el criminal cometería un error.

– Las leyes de la probabilidad están de nuestro lado. Falta poco para que lo atrapemos.

– Ojalá, porque ya van 12 asesinatos y no hay ninguna pista sólida que nos indique su identidad.

– Por cierto ¿Te has fijado que la mayoría de los decesos han ocurrido en un reducido radio de calles? Eso quiere decir que el asesino del guante rojo vive por ahí cerca y en el momento de las pesquisas se confunde con el resto de la población.

– Por la expresión en tu rostro, creo que ya se te ocurrió algo ¿no es así Jonathan?

– Sí. Me pondré un disfraz y pasaré por cada uno de los callejones en los que ha atacado hasta que “me mate”.

– ¿Qué? Tu muerte como ayudaría a la policía a capturarlo.

– No me va a matar. Debajo del disfraz llevaré un chaleco antibalas. Sólo fingiré que no respiro, para observar claramente quien es.

– Excelente idea ¿cuándo la pondrás en práctica?

– Esta misma noche, no tenemos tiempo que perder.

Jonathan cumplió con lo dicho y desde que el cielo se oscureció, caminó por las oscuras calles, hasta que un jueves, alguien lo apuñaló por la espalda y le robó el maletín que llevaba.

En un suspiro, el detective voltee hacia atrás para ver a su agresor, pero no lo logró, ya que este había entrado a un local de comida rápida.

Jonathan vio su reloj y este indicaba que eran las 8:45. Entró al expendio de hamburguesas y mientras enseñaba su placa gritó con voz grave.

– ¡Arriba las manos, que nadie se mueva! Todos póngase contra la pared. Voy a revisar sus pertenencias, pues uno de ustedes es nada más y nada menos que el asesino del guante rojo.

Por suerte, solamente había nueve comensales, con lo que la búsqueda del criminal sería algo relativamente sencillo. Uno a uno, las personas iban siendo descartadas, ya que el detective no hallaba nada que los incriminara.

No obstante, llegó hasta donde estaba una mujer quien vestía un largo abrigo de color azul.

– Madame, vacíe sus bolsillos.

– Esto es un atropello. No sabe con quién está metiendo. Mi marido tiene muchas influencias y le puedo asegurar que acabará con su carrera si no me deja en paz.

– Eso ya lo veremos después señora. Primero, obedezca.

La dama continuaba sin aceptar las órdenes, por lo que Jonathan la obligó a poner sus manos contra la pared. En ese instante, vio como a ella le faltaba el dedo meñique de la mano derecha.

Velozmente, el detective registró los bolsillos del abrigo y encontró un guante de color rojo y el puñal con el que había sido atacado.

Hoy en día Jonathan es jefe de la policía y la paz ha vuelto a aquella ciudad.

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